Vuelve la tensión nuclear: Putin usará su arsenal en caso de amenaza de EEUU

El presidente Vladimir Putin ha aprobado uno de los documentos esenciales de la Rusia nuclear. Se trata de la guía de utilización de su ingente arsenal nuclear. Es el último recurso. Aquel que nunca debería ser empleado, pero que necesita de un protocolo para saber qué hacer con una fuerza destructora capaz de aniquilar varias veces el planeta. La principal novedad del documento, que reemplaza al publicado hace diez años, es determinar cuándo es legítimo el uso de la fuerza nuclear. Moscú lo tiene muy claro. En un mundo plagado de tensiones en la zona gris, guerras híbridas o amenazas no convencionales, no puede quedar espacio para la vacilación.

Según ‘Russia Today’, que desgrana los fundamentos de los principales peligros para Rusia contenidos en el texto, «la proliferación y presencia de armas de destrucción masiva en países vecinos, el despliegue de armas nucleares en los territorios de Estados no nucleares, y el despliegue de armas ofensivas en los países que ven a Rusia como un adversario potencial«, son motivos razonables para que Moscú pudiera utilizar su fuerza destructora. La justificación encuentra su razón en la respuesta ante una amenaza inminente que pusiera en peligro su seguridad o la vida de sus ciudadanos.

Hasta aquí todo normal. Es evidente que el punto de no retorno nuclear debe ser lo suficientemente disuasivo como para evitar que a cualquier otra nación o actor no estatal pueda ‘salirle gratis’ atacar a una potencia que, pese a tener un PIB similar al español o italiano, cuenta con uno de los mayores arsenales nucleares del mundo.

Sin embargo, la doctrina nuclear en el siglo XXI debe afrontar la difícil pregunta de la actuación en situaciones que no corresponden con un enfrentamiento directo o de aniquilación total, un espacio tradicionalmente reservado para la respuesta convencional y que, con el documento del Kremlin en la mano, podría pasar a ser motivo de reacción nuclear inmediata.

Entre los supuestos recogidos para ello, se recogen «el despliegue de defensas antimisiles y sistemas de ataque en el espacio, el despliegue de armas ofensivas en los países que ven a Rusia como un adversario potencial, y la acumulación de fuerzas cerca de las fronteras rusas». Toda esta casuística responde a la perfección a la situación geoestratégica internacional y, concretamente, a la ampliación del tradicional teatro de operaciones estadounidense.

El despliegue de defensas antimisiles y sistemas de ataque en el espacio no es otra cosa que un claro freno al desarrollo de la nueva fuerza espacial americana. Una prioridad que Donald Trump ha señalado como el pilar de la defensa futura del gigante americano y que también se concibe como un medio de protección. Así lo recalcaba el presidente americano en la presentación del nuevo cuerpo de ejército, cuando afirmaba que «en medio de las grandes amenazas a nuestra seguridad nacional, la superioridad estadounidense en el espacio es absolutamente vital».

En un comienzo, el presupuesto destinado por los Estados Unidos a esta nueva dimensión bélica será de 40.000 millones de dólares, una cifra que se destinará tan solo en el primer año de vida del programa. Rusia responde con contundencia en un teatro de operaciones en el que no puede competir, debido a su escala económica, pero ante el que se blinda con la utilización del “último recurso” en caso de que sea necesario.

El segundo de los novedosos supuestos hace referencia al despliegue de armas ofensivas en los países que ven a Rusia como un adversario potencial. Un claro eufemismo para referirse a Ucrania. Las nuevas aspiraciones de Kiev de contar con una fuerza aérea «a la occidental» pueden comprometer en parte la pretensión rusa del ser la potencia hegemónica en la zona. Los ucranianos parecen dispuestos a gastarse 12.500 millones de euros en la adquisición de cazas de cuarta generación como los F-18 ‘Superhornet’, los F-16 ‘Fighting Falcon’ americanos o incluso los ‘Eurofighter’ o ‘Rafael’ europeos. La compra de estos aparatos podría comenzar en 2021 con la incorporación de las primeras unidades, tal y como se desprende del documento Visión 2035 del Ejército del Aire ucranio.

Si hay un lugar que Rusia considera estratégico, ese es Ucrania. Los enfrentamientos de la guerra en el Donbás en 2014 supusieron la ampliación física e ideológica de Rusia sobre la zona. Una influencia que trata de ser paliada por Estados Unidos y sus aliados con ayuda a Kiev, urgida por la creación de un sistema de seguridad y defensa capaz de competir, al menos en términos relativos, con Moscú. A partir de ahora, un crecimiento desmesurado de su fuerza militar podrá ser considerado como una amenaza susceptible de ser eliminada a través de la fuerza nuclear.

El último supuesto, la acumulación de fuerzas cerca de las fronteras rusas, parece dirigido a poner orden en la amalgama de fuerzas de la OTAN desplegadas a lo largo y ancho del Este europeo. A la sabida presencia de tropas de la Alianza en los países Bálticos y Polonia, se le une el nuevo frente turco, al que Moscú mantiene a raya en Libia o Siria, pero que puede convertirse en cualquier momento en un foco de tensión de imprevisible pronóstico.

La pandemia no ha evitado que se estén celebrando las mayores maniobras de la historia reciente de la OTAN. Las ‘Defender Europe 20’ hubieran reunido a más de 37.000 efectivos de 18 países diferentes a apenas unos kilómetros de la frontera rusa, y lo que es más importante, un gran número de material militar que se encuentra almacenado en Alemania. Evidentemente, debido a la situación sanitaria, su tamaño se ha visto reducido considerablemente pero, con la nueva doctrina nuclear rusa, este tipo de ejercicios podrían ser considerados una amenaza de tal magnitud que permitiría la utilización del temido arsenal nuclear.

Como en la Guerra Fría, cualquier atisbo de utilización del mecanismo de punto final siempre ha asustado a Occidente. Durante la segunda mitad del siglo XX, el desigual equilibrio entre las fuerzas del Pacto de Varsovia y las de la OTAN se veían de repente igualadas ante el órdago nuclear. Era un juego de suma cero en el que un movimiento del oponente era contrarrestado con la misma fuerza en sentido contrario, llevando a ambos contendientes a la destrucción total.

Con todo, Vladimir Putin defiende el carácter defensivo y transparente de los nuevos fundamentos de utilización de armas nucleares e incluso anima al resto de Estados a tomar ejemplo de su decisión estratégica para «garantizar la disuasión nuclear, asegurar la defensa de la soberanía y la integridad territorial del Estado y disuadir al enemigo potencial de una agresión contra Rusia y sus aliados». Un mensaje claramente dirigido a reforzar su política de cumplimiento internacional de control de armas.

La aprobación de la nueva doctrina rusa supone una respuesta a la misma altura que la establecida por el gobierno estadounidense en 2018, momento en el que el hoy denostado General Mattis, defendía una nueva concepción de la fuerza disuasoria nuclear. Lejos de renunciar a su dominio cuantitativo, la estrategia norteamericana estaba centrada precisamente en su modernización. Una especie de segunda vida nuclear para su arsenal que también prevé la utilización en contextos de agresión estratégica no nuclear.

El movimiento de Moscú busca precisamente esa actualización, que llega dos años después y en un contexto radicalmente diferente al de 2018, cuando se pretendía la reducción paulatina de las armas nucleares en el mundo. La superación del principio de destrucción mutua asegurada tendrá que esperar, pero, de momento, Vladimir Putin parece decir basta a los movimientos tácticos de los americanos en tierra, mar, aire e incluso en el espacio.

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